Prólogo (boceto).
Prólogo: osos y rosas.
Narrador: Daniel, 15 años.
El aire olía a polvo y a algo dulzón, como algodón de azúcar podrido. Mis zapatillas chirriaban contra el suelo de madera, un eco que rebotaba en las paredes de este maldito laberinto que no terminaba nunca. No sabía cómo había llegado aquí, pero eso no importaba. Lo único que importaba era el sonido detrás de mí: un thump-thump-thump pesado, como si un saco de boxeo cayera una y otra vez. Y los gruñidos. Bajos, guturales, hambrientos. Giré la cabeza por instinto, y ahí estaba: el oso de peluche gigante, con su sonrisa cosida torcida y un ojo de botón colgando como si alguien lo hubiera arrancado a medias. Sus patas, esas cosas fofas y rellenas de algodón, golpeaban el suelo con tanta fuerza que las tablas crujían. No debería ser tan rápido. No debería estar vivo. Pero aquí estaba, persiguiéndome como si yo fuera su cena.
Corrí más fuerte, aunque mis pulmones ardían y mis piernas temblaban como gelatina. El sudor me pegaba el pelo a la frente, y cada jadeo era un cuchillo en la garganta. Las paredes del laberinto eran un desastre: madera astillada, papel tapiz floreado arrancado en tiras, como si alguien hubiera intentado escapar antes que yo y hubiera perdido. Giré a la derecha, luego a la izquierda, buscando una salida, una puerta, algo. Pero todo era igual: pasillos estrechos que se retorcían como venas, y ese maldito oso siempre un paso detrás. Sus garras —porque sí, tenía garras, aunque fueran de fieltro negro— rasgaban el aire con un silbido que me helaba la sangre.
Entonces lo oí. Pasos. No los del oso, no. Estos eran más rápidos, más ligeros, como un tamborileo que venía de algún lado. ¿Delante? ¿Atrás? No podía ubicarlos. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que me iba a estallar en el pecho. Miré hacia un lado, buscando el sonido, y fue mi error. Crac. Mi hombro chocó contra la pared, y el dolor me subió como un latigazo hasta el cuello. Me tambaleé, perdiendo el equilibrio, y antes de que pudiera enderezarme, algo me golpeó por detrás.
El zarpazo del oso fue como un camión. Sentí el aire salir de mí en un grito que no pude contener, y luego volé. Literalmente volé. La pared de madera frente a mí se rompió en mil pedazos, astillas y polvo explotando a mi alrededor como si hubiera atravesado una nube. Caí de espaldas al otro lado, el suelo duro golpeándome las costillas, y un snap agudo me atravesó la pierna derecha. Grité otra vez, más fuerte, pero el sonido se ahogó en mi garganta cuando miré hacia abajo. Mi pierna estaba torcida en un ángulo que no debería existir, el hueso asomando apenas bajo la piel rota. La sangre manchaba mis jeans, caliente y pegajosa, y el dolor era tan intenso que mi visión se nubló por un segundo.
El oso rugió, un sonido que no tenía sentido viniendo de algo hecho de tela y relleno. Se acercó, su sombra cayendo sobre mí como una montaña. Me arrastré hacia atrás con los codos, dejando un rastro rojo en el suelo, mis uñas arañando la madera. No podía correr. No podía levantarme. Esto era todo. Iba a morir aquí, despedazado por un peluche gigante que parecía sacado de una tienda de segunda mano. Cerré los ojos, esperando el final.
Pero no llegó.
Un whoosh rápido pasó por encima de mí, y algo me empujó a un lado con fuerza. Abrí los ojos justo a tiempo para ver a una chica —no, una mujer— tomar mi lugar. Era Iv, la de "Las 5". La reconocí al instante por su vestido azul y ese chaleco morado con el logo de DSGI en la espalda. Su cabello castaño rojizo ondeó cuando el oso le dio un zarpazo directo al pecho. Grité otra vez, no por mí, sino por ella. El golpe fue brutal: su cuerpo se partió en dos como si fuera papel, el torso volando hacia un lado y las piernas al otro. Pero no había sangre. Donde debería haber estado el desastre, su mitad superior se deshizo en un remolino de pétalos rojos, y de esos pétalos salió ella de nuevo, entera, como si nada hubiera pasado. Parpadeé, mi cerebro intentando entender qué demonios estaba viendo. Iv se enderezó, sacudiéndose el polvo del chaleco como si acabara de tropezar con una silla y no de ser cortada en pedazos.
Antes de que pudiera procesarlo, un chirrido agudo cortó el aire. Giré la cabeza y vi una bicicleta —sí, una bicicleta— aparecer de la nada, pedaleada por una figura que solo podía ser Ventana. Su vestido rojo brillaba bajo la luz tenue del laberinto, la capa morada corta ondeando detrás como una bandera. Frenó en seco, la rueda delantera chocando contra la cabeza del oso con un crunch que hizo eco en las paredes. El oso gruñó, tambaleándose, pero Ventana no se detuvo. Giró en el aire, un movimiento imposible que parecía sacado de una película de acción barata, y esquivó un zarpazo con una gracia que no debería tener alguien en una bici. Aterrizó en el antebrazo del oso, usando su propio peso como trampolín, y con un gesto rápido invocó su cuchillo —ese cuchillo famoso con el mango grabado—. Lo clavó en el suelo con un grito teatral, arrastrándolo hacia atrás en un corte limpio que rajó la madera como si fuera mantequilla.
El oso soltó un chillido agónico, un sonido que me atravesó los tímpanos, y luego se deshizo. No explotó ni se desangró; simplemente se desvaneció en una nube de polvo gris y algodón deshilachado. Donde había estado su cabeza, una moneda plateada cayó al suelo con un clink suave, rodando hasta detenerse frente a Ventana.
Silencio. Mi respiración era lo único que llenaba el aire ahora, entrecortada y temblorosa. Ventana aterrizó con una pose de manual: una rodilla en el suelo, la capa cayendo perfectamente detrás de ella, el cuchillo todavía brillando en su mano. Era como una superheroína de cómic, y yo no pude evitarlo: aplaudí. Mis manos temblaban, la adrenalina todavía corriendo por mis venas, pero aplaudí como idiota porque, joder, acababan de salvarme la vida.
Ventana levantó la vista, y por un segundo pensé que me iba a mirar. Sus labios se curvaron en una sonrisa, esa sonrisa perfecta que había visto en los carteles de DSGI, con dientes blancos y un brillo que parecía ensayado. Pero no me miró. Sus ojos se clavaron en la moneda en el suelo. Se inclinó, la recogió con dos dedos como si fuera un trofeo, y la guardó en un bolsillo del cinturón sin siquiera girarse hacia mí. Ni un "de nada", ni un "estás bien". Nada. Solo se enderezó, ajustándose la capa con un movimiento rápido, y empezó a caminar hacia Iv como si yo no existiera.
Me quedé ahí, todavía arrastrándome en el suelo, la pierna palpitando como si tuviera un tambor dentro. Iv se acercó a mí, su bufanda morada ondeando ligeramente. Sus ojos eran suaves, más cálidos que los de Ventana, y por un momento pensé que realmente le importaba. Extendí una mano, balbuceando agradecimientos como un estúpido: "Gracias, gracias, no sé qué hubiera hecho sin ustedes, de verdad, gracias…". Ella me cortó con una sonrisa, una que parecía genuina pero que no llegaba del todo a sus ojos. Sacó un pétalo rojo de su chaleco —uno de esos pétalos mágicos que había usado para sanarse— y me lo puso en la palma.
"De nada, pequeño," dijo, su voz tranquila pero con un dejo que no pude descifrar. El pétalo se calentó contra mi piel, y un cosquilleo subió por mi brazo. Miré hacia abajo, y mi pierna —esa cosa rota y sangrante— empezó a enderezarse. El hueso volvió a su lugar con un pop que me hizo gruñir, pero el dolor se desvaneció como si alguien hubiera apagado un interruptor. La piel se cerró, dejando solo una mancha de sangre seca en mis jeans como prueba de que todo había sido real.
"Buen consejo," añadió Iv, inclinándose un poco más cerca. Su sonrisa se ensanchó, y ahora sí vi el brillo calculado en sus ojos. "Si no quieres que esto vuelva a pasar, compra uno de nuestros souvenirs. Un llavero, un peluche, lo que sea. O puede que en dos semanas otra pesadilla te encuentre." Se enderezó, dándome una palmadita en el hombro como si acabara de venderme un coche usado, y se giró hacia Ventana.
Me quedé sentado ahí, el pétalo todavía en mi mano, sintiendo cómo mi corazón se ralentizaba por fin. Las dos se alejaron, Ventana pedaleando su bici como si fuera una reina en un desfile, Iv caminando con ese paso firme pero cansado. El laberinto empezó a desvanecerse a mi alrededor, las paredes derritiéndose en sombras, y lo último que vi fue la capa de Ventana ondeando antes de que todo se volviera negro.
Cuando abrí los ojos, estaba en mi cama. El sudor me pegaba la camiseta al pecho, y mi pierna —mi pierna perfectamente sana— temblaba bajo las sábanas. El pétalo no estaba, pero podía jurar que aún sentía su calor en mi mano. Y en mi escritorio, justo al lado de mi lámpara, había un folleto de DSGI que no recordaba haber puesto ahí. En la portada, Ventana e Iv sonreían bajo el texto: "Duerme tranquilo con Las 5. ¡Souvenirs a solo 19,99!".
***

Comentarios
Publicar un comentario